¿Por qué es Bélgica el mejor seleccionado del mundo?Deportes 

¿Por qué es Bélgica el mejor seleccionado del mundo?

Sucede en un bar de Buenos Aires, territorio de fútbol. No tan lejos de donde nacieron los mejores: Diego Maradona, Leo Messi, Alfredo Di Stéfano​. Tres cracks imperecederos que bien podrían ser mencionados por sus nombres sin que nadie dudara de sus apellidos.

Sobre la Avenida Caseros en la esquina de Trole, uno de los habituales del lugar cuenta un detalle que lo asombra, que lo leyó en el diario

Newsletters Clarín

Lo que tenés que saber hoy | Las noticias más importantes del día para leer en diez minutos

De lunes a viernes por la mañana.

Recibir newsletter

-Che, para la FIFA el mejor seleccionado del mundo es Bélgica.

Nadie le presta atención al detalle. Después sucede lo de casi siempre: una charla de fútbol repleta de exageraciones, de datos no cotejados, de cuestionamientos múltiples. 

Pero ese señor bien vestido, con su vermú al lado de su mano derecha, no está lejos de la realidad.

Bélgica está viviendo el mejor momento de su historia sin títulos de los grandes. En 2018 fue Team of the Year para la FIFA​. Un lauro que celebra al mejor del año calendario. En este 2019 todo indica que repetirá el logro, incluso delante de Francia, el campeón del mundo en Rusia. De hecho, el seleccionado que suele jugar de local bajo el cielo de Bruselas resultó el primero en acceder a la próxima Eurocopa. Con puntaje ideal.

Hay múltiples historias detrás de esta mágica generación de los Diablos Rojos.

Roberto Martínez luce calmo hasta en esos momentos en el que el fútbol se hace angustia. No lo perturba ni un penal en contra mal cobrado. Y su sonrisa es módica incluso en las victorias grandes. Ahora, es el entrenador de la mejor generación de futbolistas belgas de todos los tiempos. Ya no es aquel administrador de recurso escaso en nombre de milagros, como aquella conquista de la FA Cup con el Wigan, hace poco más de un lustro. Ahora está a cargo de un plantel capaz de sorprender y de agradar.

Es el entrenador de una generación de cracks. Hijos de un país que aprendió -de algún modo- a ser multiétnico, multicolor, multirracial. 

Cabe un ejemplo emblemático: se hizo fuerte entre postergaciones el máximo goleador de la historia del fútbol belga. Hijo del Congo maltratado. Pibe grandote que le ganó al destino. “Mi mamá calentaba agua en la hornalla y yo en la ducha me la tiraba en la cabeza con una taza”.

La celebración de cada victoria de Bélgica se luce en la piel negra y en su sonrisa blanca. El delantero abre los brazos, mira a sus compañeros, parece enorme incluso más allá de sus 191 centímetros de altura. Romelu Lukaku comprueba de nuevo lo que le contaban en sus días de niño: el fútbol ofrece revanchas. El Chelsea de José Mourinho lo cedió al Everton luego de que desperdiciara un penal en la Supercopa de Europa ante Bayern Munich. Y ese pibe que ya es un hombre de 26 años alto y fuerte se mostró más alto y más fuerte ante la dificultad. Siguió jugando. Se puso la camiseta azul del Everton y caminó las calles llenas de música de Liverpool. Continuó creyendo. Tardó poco en convencer y mucho menos en convencerse. Ahora usa la camiseta número nueve del Inter​, una temporada después de ser titular en el Manchester United.

Esta Bélgica nació de aquellas carencias que en días de imperio había sembrado en el Africa subsahariana. Lo contó Romelu a The Player Tribune: “Tenía seis años, y volví a casa a almorzar al salir del colegio. Mamá tenía lo mismo de siempre en el menú: pan y leche. Pero ese día volví a casa y mamá empezó a mezclar la botella de leche con algo más. Ella me sirvió el almuerzo con una sonrisa como si todo estuviera bien. Pero comprendí qué estaba haciendo. Estaba mezclando leche con agua. No teníamos suficiente dinero para hacer durar la botella toda la semana. No éramos solo pobres; estábamos quebrados”. Se iba a dormir más temprano para no comer.

Romelu lo aprendió de su padre, Roger. Tienen genes africanos los goles que ahora invitan a la admiración de este seleccionado.

Su padre –Menana para los amigos de los días complejos y lejanos- nació entre los rigores de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, justo al año siguiente en el que Patrice Lumumba -líder político, africanista, ambientalista- fuera nombrado héroe nacional a consecuencia de su búsqueda: la independencia de su país de la opresión belga. Lo habían matado un lustro antes, en 1961, cuando sus palabras se multiplicaban por el continente de los desamparos.

Roger también fue futbolista. Jugó para el seleccionado de su país cuando todavía se llamaba Zaire y tenía en el poder al dictador Mobutu Sese Seko al amparo de las grandes corporaciones multinacionales. Lukaku padre jugó dos Copas de Africa y también participó en las Ligas de Pakistán, de Bélgica y de Turquía.

En estos días, su hijo Romelu hace gritar a Bélgica. 

Y esta Bélgica que se cargó a Brasil en la última Copa del mundo y accedió hasta las semifinales, llegó a Rusia con 11 migrantes entre sus 23 futbolistas. Algunos nombres -más allá de la visible cara de Lukaku- de esa mixtura que se transformó en esta Generación de Oro: Batshuayi y Kompany  (Congo), Fellaini y Chadli (Marruecos), Witsel (Martinica), Dembele (Mali), Januzaj (Albania), Origi (Kenia). Claro que también está Eden Hazard, crack universal, nacido en La Louviere, territorio francófono de Bélgica. 

Ahora continúa dando cátedra en el camino a la Eurocopa (sacó 24 puntos de 24 posibles). Ofrecen estos Diablos Rojos un concepto clave del fútbol de esta era: la amalgama posible entre diversos y dispersos. En el fondo, un mensaje para sociedades hostiles, afines a la expulsión de los distintos.

La consultora belga Double Pass (la misma que participó de modo decisivo en el resurgimiento del fútbol alemán y que ahora también trabaja en los Estados Unidos) fue contratada para que evaluara el trabajo de los clubes en sus inferiores. Más capacitación, más entrenadores, más espíritu formativo, más seguimiento personalizado para cada belga en las grandes Ligas de Europa. También, puertas abiertas a los migrantes. Nada menos. 

Fue un proceso similar al que llevó a Alemania a consagrarse en el Mundial de Brasil​. Desde el comienzo de Das Reboot -el reinicio, como se titula el libro del periodista Raphael Honigstein, que cuenta los detalles de ese proceso alemán- el proceso formativo e inclusivo se convirtió en el centro de la escena de tantos logros de los seleccionados de Europa.

Mirá también

Y así ganan. Y así gustan. Y así siguen.

Noticias Relacionadas

Leave a Comment