El beat emocional de Catnapp: “Yo hago música para sacar lo que tengo adentro”Espectáculos 

El beat emocional de Catnapp: “Yo hago música para sacar lo que tengo adentro”


Amparo Battaglia encontró en Berlín la vida que no podía tener en Buenos Aires: su proyecto despegó y logró, finalmente, vivir de su música. ¿Cómo hace ahora para que el juego creativo no se convierta en rutina? Crédito: Cem Gültepe

A las siete de la mañana, una chica argentina termina su turno en la caja del guardarropas. En Ohm, el club de Berlín donde trabaja -un cuadrado de azulejos blancos, parecido a una carnicería-, la fiesta que todos los meses hace el sello Monkeytown Records todavía sigue y ella quiere ver qué onda. Pide una cerveza en la barra y se pone a charlar en inglés con un desconocido. ¶ Es una situación algo inusual en Alemania, donde los contactos random son poco frecuentes. Pero, a veces, lo que nunca pasa de repente sucede, y el chico de la barra es el tour manager de Modeselektor, el dúo de techno berlinés formado por Gernot Bronsert y Sebastian Szary que desde hace más de 15 años es uno de los actores más importantes de la escena electrónica, son los fundadores de Monkeytown Records y tienen a Thom Yorke entre sus fans (el líder de Radiohead, además, colaboró con ellos en los temas “The White Flash”, “This” y “Shipwreck” y actuó en vivo como invitado en su presentación en el festival Coachella de 2012). La chica es Amparo Battaglia, Catnapp cuando sube al escenario, una artista nacida en el conurbano norte que empezó su carrera en 2010 haciendo un electro inquieto al que le fue agregando breakbeat, drum & bass, dubstep y trip-hop; tuvo fechas en fiestas como Undertones o +160, participaciones en Creamfields Buenos Aires y colaboraciones con Poncho, Nairobi y Bomba Estéreo.

Entonces, como si fuera otro amanecer cualquiera, Amparo/Catnapp y el tour manager charlan mientras la fiesta se va apagando, y él le pregunta si ella hace música. “Entonces me dijo que le mande”, cuenta ella ahora sentada sobre el césped del parque Thomashöhe, a unas pocas cuadras de su casa berlinesa. Es principios de mayo y en las últimas semanas dio más entrevistas para medios argentinos que en toda su carrera. El motivo no es su incorporación como artista al sello Monkeytown Records, ni la salida de su nuevo EP,

Damage

-que se lanzó a finales del mes pasado-, sino otra cosa, también, según ella, fruto de la casualidad: su participación en

Poco ortodoxa

, la serie de cuatro capítulos que Netflix estrenó en marzo y se convirtió en uno de los hits del año con la historia de Esty, una chica de 19 años que escapa de una comunidad judía ortodoxa en Nueva York para empezar otra vida en Berlín y que en el episodio tres termina en un club donde, sobre el escenario, actúa Catnapp.

A Monkeytown Records le mandó un EP en el que había estado trabajando y que estaba casi terminado. Al poco tiempo, durante el invierno europeo, regresó a Argentina de vacaciones. Un poco de playa en Pinamar para esquivar los días en los que en Berlín se hace de noche a las cuatro de la tarde. Estaba a metros del océano Atlántico cuando le escribieron del sello de los Modeselektor desde el otro lado del mundo: su material les había gustado y querían que hiciera un EP para ellos.

De repente, las vacaciones se terminaron. “Yo estaba con mis amigos, me puse a preparar el EP en la casa de mi familia en Pinamar, filmamos como cuatro videos ahí tipo, de la nada, muy flashero, y cuando volví de Argentina me invitaron a la oficina. Yo todavía no había conocido a Modeselektor ni nada”, cuenta Amparo como si fuera una travesura.

Cuando llegó a las oficinas del sello, la invitaron a pasar al estudio.

-Te vamos a hacer escuchar una música nueva que estamos haciendo.

Así contado, parece fácil: chica argentina la pega en Berlín. Pero Amparo aclara que, en realidad, esa conversación que destrabó su futuro tardó cinco años en llegar. “Me he vuelto loca durante años mandando demos por mail, a chorros, listas infinitas de todos los sellos que me interesaban y de repente, tipo, tenés una posibilidad así y te sucede. Es un flash”.

***

Amparo nació en Olivos y creció en zona norte, entre Vicente López y Belgrano. Sus viejos se conocieron tocando en una banda, y los dos siempre cantaron y tocaron la guitarra. Vivía con su mamá y sus abuelos, Dalia y Roberto “Baby” López Furst, el reconocido pianista de jazz que murió en julio de 2000, cuando ella tenía 12 años. “Él tenía su estudio en casa, así que yo vivía ahí, tocando el pianito, jugando con los papeles que le llegaban”, cuenta envuelta en una remera negra oversize, un pedazo de tela enorme, larga como un vestido, con una inscripción en ruso estampada en rojo.

Creció rodeada de instrumentos, jugando con el piano de su abuelo. Fantaseaba con ser DJ y se entretenía cortando y mezclando canciones que grababa de la radio. “Mi abuelo tenía una Mac en ese momento, una miniatura que venía con un mouse cuadrado y un tecladito chiquito así… y con eso hacía música”, recuerda. “Después tenía otra Mac, también vieja, un poco más grande y un poco más pro, donde tenía un programa de música. Eran los 90 y hoy pienso, ¿cómo mierda hacía?”.

En el colegio, formó una banda de punk-pop, que hacía canciones en español y covers de No Doubt y The Cure. Cuando terminó el secundario, no sabía qué estudiar. Pensó en diseño gráfico o de indumentaria pero no estaba segura. Con esa duda se fue de viaje de egresados y allá tuvo una revelación: “¡Pará! Yo hago música!”. Cuando volvió se anotó para estudiar producción de música electrónica en una escuela terciaria que todavía existe en el barrio de Belgrano.

Mientras tanto trabajaba de System Admin en IBM: eran nueve horas de oficina. “Después volvía a mi casa y en mi tiempo libre hacía música. Tomaba una birra, hacía unos temas, jugaba, ni idea, sin ningún fin… así salían las canciones”, cuenta ahora sobre esos años en los que la música -todavía- no era un trabajo. Después de su paso por IBM, fue secretaria en una productora. “Siempre tuve mi trabajo full time. El tiempito que me quedaba hacía música, nada más. Recién el año pasado pude empezar a vivir de esto y ahora es un proceso totalmente distinto. Ahora este es mi trabajo, no es mi tiempo libre, es otra cosa y eso muy difícil”.

Su abuelo mantenía a la familia tocando el piano y ella cree que ahí está la fuente de su confianza: siempre supo que era posible vivir de la música. La transformación en artista de tiempo completo fue algo que deseó y buscó por mucho tiempo, pero ahora la asusta un poco el impacto que esta nueva vida puede tener en su proceso creativo: le da miedo qué puede pasar si se automatiza demasiado esa tarea de crear canciones, cómo evitar que el juego se vuelve rutina. “Estoy tratando de revertirlo, de no ponerme como objetivo crear una canción, sino estar ahí, hacer música cuando quiero, para seguir disfrutándolo. Todavía no encontré la fórmula, pero estoy en proceso”.

***

Catnapp apareció en el under porteño en 2010

con su EP

Caterpillar.

Tenía 22 años, pero ella, dice ahora despatarrada bajo el sol berlinés, se sentía de 18. Una chica fan de los gatitos que jugaba al dubstep con sus bases y agitaba a sus amigos para hacer bardo. Así –

Bardo

– se llamó su siguiente trabajo, un EP de siete temas que sacó en 2011. “Todo empezó por diversión. Cuando me preguntaban de qué hablaba en las canciones era, tipo, chico, chica, joda, birra, whisky. Las letras hablaban de eso porque yo lo que necesitaba era eso: hacer música divertida para bailar y hacer pogo”.

Cisco, organizador de Undertones, la fiesta que más impulso le dio a la escena electrónica argentina independiente entre finales de 2010 y la década pasada, la conoció en esa época. “La primera vez que la vi en el escenario no sabía qué hacía ella y quedé muy impresionado”, cuenta Cisco desde Barcelona, donde vive desde hace unos años. “Tenía mucha potencia escénica, era muy fresca, muy nueva, muy diferente”. Él recuerda, al menos, cinco o seis fechas de Catnapp en Undertones.

“En ese momento ella estaba haciendo una especie de rap, medio psi-fi, duro, bastante espacial, una cosa medio extraña y a la vez medio gangsta, de gato callejero”, dice. “La verdad que la rompía. Ella es una persona muy suave, muy amable, por momentos hasta podría parecer tímida, pero después la ves en el escenario y no la podés creer”.

Las once canciones de su trabajo siguiente,

A Cliff in an Eyeblick

(2014), dejaban en claro que Amparo ya no era una adolescente con ganas de agitar todo el día. “Fui pasando por otros momentos de mi vida, en los que necesité expresar cosas mías, personales, emocionales, que quería sacar para afuera”, dice ahora. Esta vez, la inspiración no había estado en las fiestas con amigos sino en la literatura, especialmente de los libros de Ray Bradbury, Howard Phillips Lovecraft e Isaac Asimov. El resultado fue un disco introspectivo, íntimo, oscurísimo.

Pensó en cambiar de nombre, armar un proyecto paralelo a Catnapp para las canciones que hablaban de cosas más personales, pero nunca lo concretó. “En ese momento cambiaron mucho mis seguidores, de gente más fiestera a gente más profunda”, cuenta. “Y después volví a la joda. Cambió, siempre cambia, yo siempre cambio”.

Esto la obsesiona: durante la charla con

Rolling Stone

, varias veces vuelve sobre este tema, la danza difícil entre las expectativas de los demás sobre el trabajo propio, el derecho a cambiar y a fallar, y el miedo a automatizarse para agradar a los demás. “Yo no entiendo cómo hacen esas bandas que siempre hacen lo mismo, no sé si es que tienen un contrato con un sello que les dice que tienen que hacer lo mismo sí o sí”, se pregunta Amparo entre trago y trago de agua. La botellita de metal rojo ya está gastada de tanto manoseo. “Yo hago música para sacar lo que tengo adentro, dárselo a alguien más, pero siempre va a ser distinto lo que tenga para decir. Todos cambiamos todo el tiempo y nos inspiran diferentes cosas. Si yo no puedo expresar eso, me muero”.


Amparo a los dos años. Nació en una familia de músicos: su abuelo era el reconocido pianista de jazz Baby López Furst. Crédito: Gentileza Amparo Battaglia

Un año después de la salida de

A Cliff in an Eyeblick

se mudó a Berlín. Había pasado por la ciudad en una gira un par de años antes, y la había sorprendido cómo la recibieron “los alemanes”. “Me esperaba una recepción más fría pero no, ¡más cálidos! Abrazo, beso, comamos… sentía que lo entendían más [lo que ella hacía], que acá [en Buenos Aires] o que les llegaba más”, contó en un entrevista de 2013 para un programa de televisión.

En realidad no se mudó sino que se quedó. “Yo estaba de gira y me quería ir de Argentina. Cuando llegué no sabía que me iba a quedar acá, lo único que sabía es que me quería ir de allá”, cuenta. Primero pensó en instalarse en Londres -tenía una amiga viviendo ahí y su pasaporte español en la época pre Brexit se lo permitía-, pero no le gustó nada la ciudad: “No sé, muy careta, amor innecesario, falso”. Unos amigos argentinos estaban en Berlín de vacaciones y se hospedó con ellos en un departamento sobre la calle Maybachufer, que orilla el canal. “Cuando llegué, fue justo por esta época: primavera, sin corona… imaginate, tipo, la naturaleza, toda la gente re feliz, de buen humor”.

Imposible no quedarse ahí: la ciudad está rodeada de lagos y bosques y el recuerdo traumático del invierno alemán empuja a todo el mundo afuera. “Fue una semana de fiesta con mis amigos. Salir, divertirse, y eso me ayudó a encarar la ciudad desde un lugar mucho más chill y acompañada. Después se fueron y yo me había hecho un par de amigos y estuve dando vueltas por todos los barrios, de departamento en departamento, me había armado un itinerario: tres días acá, dos allá, cuatro acá… pasé por todos lados”.

Cuando llegó, no hablaba alemán, pero sí un muy buen inglés, que en Berlín alcanza para hacer casi todo, excepto lidiar con la tediosa burocracia alemana. Empezó a trabajar en un boliche y cuando la echaron aplicó a la ayuda en el Job Center, la oficina estatal que trabaja con las personas que buscan empleo.

Como para Esty, la protagonista de

Poco ortodoxa

, para Amparo llegar a Berlín también fue una experiencia de descubrimiento. “Acá descubrí un tipo de vida en el que puedo estar tranquila, que para mí era esencial”, dice. “En Argentina no me gusta la energía que hay, todo el mundo está mal, de malhumor, a la defensiva, y con razón, por una acumulación de cómo es la vida allá. Poder vivir relajado, poder ahorrar, no tener miedo en la calle… tener esa base cambia todo”.

También trabajó como cajera en un boliche, fue encargada del guardarropas de otro y empleada de una productora de DJ. Mientras hacía eso, empezó a conocer el ecosistema underground de Berlín: se metió en los clubes, donde encontró a veces la misma música que sonaba en Buenos Aires y otras veces algo completamente distinto.

“Hay tantas culturas juntas acá, conocés gente de todo el mundo todo el tiempo y te inspirás en cosas nuevas constantemente. Acá la gente puede pagar los espacios para hacer cosas, porque no importa que no haya un sold out, no importa tanto recuperar el dinero que invertís”, explica. Eso cambió su manera de producir, amplió los horizontes de los que pensaba que era posible. “Esta ciudad te da una libertad para poder hacer eventos mucho más underground, mucho más raros, y te nutrís de cosas que quizás en Argentina no tienen lugar”.

Después de

Fear

, ese primer EP que armó entre Berlín y Pinamar, en Monkeytown Records le propusieron que trabajara en un álbum. Le dieron un deadline de cuatro meses. Alquiló un estudio en Berlín y se organizó en una rutina casi de oficina. “Fue una exprimición de creatividad”, dice ahora riéndose, pero el proceso fue más difícil de lo que ella esperaba. Aunque llegaba bien temprano al estudio y se iba a la noche, le costaba avanzar en algo concreto. “Estaba todos los días en el estudio y nada… era llegar, tomarme un café, abrir la computadora, abrir el programa, mirarlo, llorar un poquito, escribir un poquito una letra en el piso, llorar más, hablar con amigos durante tres horas y quizás una, dos horas, tres horas, dedicarme realmente a la producción”, cuenta. Salía de vuelta para su casa recién a las nueve de la noche. “Pero la mitad del tiempo estaba llorando, hablando por teléfono con mi mamá diciéndole ‘no puedoooo'”.

Igual, pudo: terminó

Break

-el disco que editó el año pasado- en dos meses. Y “Thunder”, la canción que acompaña el quiebre definitivo en la vida de Esty, la protagonista de

Poco ortodoxa,

casi queda afuera del tracklist. “Pensé ‘este tema es muy emocional, re mío, a la gente no le va a gustar'”, dice. Su amiga Flor la convenció por WhatsApp de incluirla en el disco. “Estaba en esa lucha interna entre lo que yo quería y lo que la gente esperaba. Y lo terminé de hacer y fue como ‘wow, qué lindo!’. Le puse la letra de otra canción que ya había hecho antes, la mezclé toda y ¡taran!”. Odia que le pase eso cuando compone: pelea seguido contra la tentación de sentarse en la computadora para aplicar lo que sabe que el público espera de ella como si fuera una fórmula matemática que da como resultado un éxito asegurado. “Siento que a veces lo que quiero hacer pasa por una máquina de traducción de lo que la gente va a entender y le va a gustar y eso es horrible”.

No le interesa posar de superpoderosa. Hace poco vio el documental sobre la estrella trap estadounidense Travis Scott,

Look Mom I Can Fly

[Netflix], y no le gustó. No le gustan en general las películas y documentales que muestran a los artistas viviendo una vida de estrellas, siempre rodeados de amigos, fumando porro, como si la vida de un artista fuera una fiesta permanente. Le gusta más el documental de Lady Gaga, Five Foot Two [también por Netflix], porque a la artista la muestra vulnerable. “Eso es más reconfortante”, dice Amparo. “Porque si vos creés que la vida de los artistas es como te la muestra Travis Scott y de repente vos estás llorando en el estudio, te pone un parámetro inalcanzable: tengo que estar llena de amigos, tipo, tomando birra o fumando porro… yo no fumo porro, ¿estará mal? Y así empezás a cuestionar un montón de cosas, es como un círculo vicioso”.

Hay algo de esa angustia creativa en el proceso que le interesa explorar y también mostrar: cada canción le lleva mucho trabajo, mucha cabeza y mucho corazón como para fingir que es el resultado de algo que le salió fácil. “La verdad que, después de tantos años, yo prefiero ser real y contar también esas cosas. Me parece que eso ayuda un montón a otros músicos a no sentirse mal cuando se ven en esas situaciones, que son de lo más comunes y que a Travis Scott también le debe pasar, porque a todos nos pasa”.


Catnapp, en la producción de fotos para uno de sus últimos lanzamientos Crédito: Kitty Schumacher

***

Antes de sumarse a Monkeytown Records, Catnapp ya estaba haciendo ruido en la escena local: en 2016, cuando estaba casi recién llegada, la publicación alemana INDIE magazine la describía como la “gatita electrónica favorita de Berlín”. En 2017, después de una mala experiencia con un sello inglés que la bajó de un festival en Londres una semana antes del show, armó su propio sello, Napp Records, con la idea de impulsar a artistas nuevos.

Pero sumarse a Monkeytown en 2018 cambió todo: no solo giró con ellos como invitada para abrir sus shows, sino que también subió con su live a escenarios como el del club Berghain, quizás el más deseado y exclusivo de la escena electrónica europea, donde la encontró una noche un amigo de Maria Schrader, la directora alemana de

Poco ortodoxa

. Así llegó a ser parte de uno de los fenómenos del on demand en la cuarentena global.

Ahora, cinco años después de su arribo a Berlín, es difícil pensar que esta ciudad no fuera el destino natural para Catnapp y su música, que en Buenos Aires no terminaba de encontrar un lugar -aunque festivales como Creamfields la habían convertido en un género masivo, la música electrónica seguía siendo de nicho-. “Si me apurás, lo que ella hace en Berlín también es original. En Buenos Aires no tenía un espacio claro, de hecho nosotros generábamos un espacio para ella, pero no era natural, orgánico… era algo que abríamos, ensanchábamos nuestro margen para que entrara ella”, dice Cisco sobre su paso por Undertones. “No por nada la agarra Modeselektor y la invita a ser la cantante de la gira, estamos hablando de las autoridades de la historia de la música en Berlín. El show que hizo en el Berghain con ellos es una cosa tremenda, no sé cuánto más copado que eso puedas tener”.

***

Este viernes 8 de mayo es feriado en Alemania, en conmemoración del fin de la Segunda Guerra Mundial. Neukölln, el ruidoso barrio de Berlín Oeste donde Amparo vive sola desde hace unos meses, está como dormido: aunque es una mañana primaveral -22 grados, sol sin nubes-, los negocios están cerrados y las calles vacías.

Excepto en la puerta de su edificio. Ahí, sentados y violando las reglas de “prohibición de contacto” que el gobierno alemán estableció a comienzos de la pandemia para frenar la propagación del coronavirus por el país, una docena de varones toma cerveza con el barbijo acomodado entre la pera y el cuello.

Antes de salir de su casa, Amparo tira una bolsa de basura orgánica en el tacho específico para eso que hay en la mayoría de los edificios berlineses. Llega a la calle cargada con una bolsa de supermercado con una docena de botellas de cerveza vacías y las deja ahí, en la puerta, para que se las lleven. Por toda la ciudad, hombres y mujeres pobres recorren las calles recolectando botellas que cambian por 0, 08 centavos de euro en los supermercados.

Atrás de su casa, a menos de 200 metros, está el parque Thomashöhe, uno de los más de 2.500 parques y jardines que hay en esta ciudad. Cuando nos sentamos en el césped son las diez y cuarto de la mañana y no hay todavía mucha gente dando vueltas: a unos metros un chico practica con su violín y, un poco más lejos, una pareja está tirada al sol leyendo. “Esto es Berlín”, dice Amparo y se ríe. Esto es una de las cosas que más le gustan de vivir acá: que incluso en medio de la ciudad, la naturaleza está ahí, a cinco minutos de su casa.

La pandemia la encontró muy cansada y, en un punto, parar de prepo un poco fue un alivio para ella. “A mí el cambio me vino bien, extrañamente. Venía de estar de gira todo el año pasado, tipo agotada, y la verdad que si no me frenaba alguien no iba a frenar”, dice. En 2019 recorrió Europa abriendo los shows de Modeselektor. Fueron meses de vivir con la valija armada, sin saber bien dónde iba a estar la semana siguiente. “De repente tocás tres veces por semana en tres países distintos y lo vas normalizando”.

Unas semanas después de la entrevista con

Rolling Stone

, Catnapp y Monkeytown Records presentaron

Damage

, el nuevo material de Amparo. “El disco habla mucho de la autodestrucción humana, de cómo buscamos autodestruirnos, de la necesidad que tenemos de hacerlo: desde ir a un club y ponérsela en la pera hasta tener una relación con alguien y hasta qué punto podés deformar quién sos para satisfacer a esa persona”.

“Keep me silent underground, damage/ Do you need to break me down?, damage/ Did you feel it too? Damage/ Was it real for you? Damage/ Do you feel it too? Damage/ I don’t think you do! Damage”, canta Amparo en el tema que le da nombre al disco que compuso entre el agotamiento post gira, el silencio pandémico y los residuos de una relación que ella define como “súper tóxica”.

Aunque nunca hubo cuarentena en Berlín, la ciudad sí estuvo muy quieta entre marzo y abril. Fueron meses en los que aprovechó para mirar películas, tocar la guitarra, chatear con amigos. Ahora que en Berlín la vida post Covid-19 se parece cada día más a la vida pre Covid-19, todavía no hay fecha para la reapertura de los clubs. Ella dice que está muy tranquila pese a eso, que no espera nada. “Algunos dicen que en septiembre van a volver los festivales, hacen cálculos matemáticos… pero la verdad que nadie sabe nada y prefiero no pronosticar, no anticiparme”.

Cuando empezó la crisis del Covid-19, se cruzó con una historia de Instagram que decía “los músicos ahora van a tener que encontrar otra manera de sobrevivir”. Entonces le pidió ayuda a su manager en Alemania, que le consiguió un trabajo dando feedback a personas que suben su música a Internet. Son dos horas por día y, así y todo, muchas veces se encontró fastidiada de hacerlo. Ese malestar con la tarea la sorprendió: si ella en Buenos Aires trabajaba nueve horas por día en algo que no le gustaba, ¿cómo podía ser que ahora le molestara dedicarle dos horas por día a esto? “Ahí me di cuenta y fue como, ¡wow!, ¡me acostumbré a hacer lo que quiero!”, dice. “Soy muy, muy afortunada y tengo que disfrutar este momento”.

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