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A un año de la muerte de Maradona, Goyo Carrizo recuerda a Diego: su última charla y por qué ya no iba a Fiorito

-Si pudiera decirle algo a Diego le diría simplemente que si estaba conmigo no le hubiera pasado todo lo que le pasó. Estoy convencido.

Gregorio Carrizo (60) fue el mejor amigo de Maradona cuando Diego sólo era Pelusa. Tenía apenas ocho años el día que se probó en Argentinos Juniors pero, para ese entonces, ya no le alcanzaban los dedos para contar las travesuras que había hecho con su compinche tanto en la escuela como en el barrio. “Éramos los diablitos de la directora”, describe.

Una vez que le picaron el boleto de entrada a los Cebollitas, Goyo -como lo llaman aún hoy- tiró una rabona más. “Tengo un amigo que juega muy bien, juega mejor que yo. ¿Lo puedo traer?”, le preguntó a Francis Cornejo, el padre de ese equipo legendario. La categoría ’60 ya estaba armada pero, para no decepcionar a su nueva figura, el DT le regaló la posibilidad.

Goyo llegó esa tarde a su Villa Fiorito con algunos billetes arrugados entre las manos para obsequiárselos a un Diego al que no le alcanzaban las monedas para viajar. Se encontraron más tarde en Parque Saavedra. “Es un enano”, pensaba Cornejo, quien le pidió varias veces el documento para confirmar su edad. Poco les importaba a los chicos: aunque eran bajitos, sus sueños llegaban hasta el cielo.

-¿Es verdad que eras mejor que Diego?

-(Sonríe) Por alguna razón todos los que dicen o decían eso nunca fueron técnicos, ja. A lo mejor mi juego era más tribunero, con un poquito más de creación… Pensaba en la gente que nos iba a ver. Diego era más contundente. Siempre digo que Diego nació profesional ya, por eso llegó tan temprano a Primera. En algo nos parecíamos…

-¿En qué?

-En las actitudes. Éramos muy nerviosos y queríamos ser nosotros. A veces él me decía, por ejemplo: “No tires un taco, Goyo”. Y yo iba y lo hacía. Éramos medio caprichosos los dos, porque queríamos salir con la nuestra, pero siempre tirábamos para el mismo lado. En eso éramos parecidos… Después, en lo futbolístico, nada que ver, ja.

Goyo Carrizo, junto a una réplica del rastrojero de los Cebollitas. Foto Sergio Araujo.

Aquella dupla que se forjó en los potreros dio paso a dos carreras con rumbos distintos. Atrás quedaron los duelos barriales entre Estrella Roja, el equipo de Don Diego Maradona y Tres Banderas, dirigido por Carrizo padre. De un lado Pelu, del otro Goyo y alrededor un barrio vibrando a merced de sus piruetas con la pelota.

“Jugamos una sola vez en contra y fue fuerte. Era como un Boca-River y nos ganaron… Después mi papá me dijo: ‘Traelo’”, acota Gregorio. Al tiempo, el padre de Diego dejó de estar al frente de Estrella Roja. “No jugó -continúa- muchos partidos ahí. Hoy vas a Fiorito y te dicen Estrella Roja, pero siempre jugó para Tres Banderas, juntos. No podíamos estar separados, nos conocíamos del colegio”.

-¿Qué se dice hoy de Maradona en Villa Fiorito?

-La relación entre Diego y el barrio terminó hace años cuando fue a repartir juguetes y, como se le terminaron, le rompieron el auto… Hoy no hay cancha donde jugábamos con Diego: inventaron una que dicen que es el potrero de Diego y es lamentable, porque es más negocio muerto que vivo. Están lucrando con él y me duele. Esperaron a que se muera para hacer esto, porque esa gente no lo quería.

-¿Sólo pasa en Villa Fiorito eso de que lucren con él?

-Yo lo veo más presente ahí, que es donde vivo. Es lamentable lo que pasa, pero seguramente si Diego estaba vivo no le iba a gustar que hagan eso.

-Hoy también aparecen versiones de él que, a lo mejor, se desconocían…

-Me molesta. Me molesta la gente que hoy sale a hablar después de que Diego falleciera. Estas cosas tenían que aparecer en su momento, cuando estaba vivo. Y eso duele mucho. Duele, porque si Diego estuviera vivo ni aparecerían. No tienen los huevos puestos, si no lo hubieran dicho en otro momento… Hoy aparecen diciendo cosas, que son barbaridades en realidad. No sé qué buscan, pero allá ellos.

Estación Fiorito – Diego Armando Maradona, en un ramal inactivo del tren Belgrano Sur.

Dos caminos distintos

A medida que la carrera de Diego Maradona empezó a crecer, su relación con Gregorio Carrizo se fue apagando de a poco. Lo asiente el propio Carrizo durante una conversación con Clarín, sentado en una réplica del rastrojero que presume Alberto Pérez. Sobre esas cuatro ruedas, José Trotta llevaba a jugar a todos los Cebollitas que brillaban con el talento de Pelu y de Goyo.

“El día previo a los partidos, yo siempre iba a la casa de él, o él a la mía”, recuerda. Pero todo empezó a cambiar poco después de que el 9 se rompiera los ligamentos de la rodilla derecha durante un partido de Reserva: “Cuando me saqué el yeso, vi los 13 puntos de la operación y dije: ‘No juego nunca más’. Fui 20 días al mejor kinesiólogo que me pagó Diego y después tomé la decisión de no ir más”.

-¿Te arrepentís de no haber terminado la rehabilitación?

-(Silencio) Sí, claro. Hoy sigo viviendo en Fiorito por no hacer caso a lo que mandaron después de la lesión. Tenía que ir durante seis meses a recuperar: fui 20 días y nunca más. Pude seguir jugando, pero no es lo mismo. Seguí en el barrio hasta que me vio un exjugador y me dijo: “No podés estar así, te voy a llevar a un club a probarte”. Me llevó a Dock Sud, no me olvido más cuando vino.

-¿Cómo fue?

-Le dije que no quería ir porque tenía un partido por mucha plata en Fiorito. “¿Cuánto te van a dar? Te lo doy”, me dijo. Quería la plata para ir al baile esa noche. Fui, me probé en la primera de Dock Sud, hice dos goles y el técnico me dijo que había quedado. Fui a hablar con los dirigentes y les pedí más de lo normal. Pregunté primero cuánto ganaba el capitán y pedí tres veces más, para no quedarme.

No quería quedarse, Goyo, porque había entendido que su carrera empezó y terminó en Argentinos a los 20 años, cuando aprendió a jugar con la pierna izquierda para olvidar su lesión. Prefería vivir de los pesos que juntaba jugando en su barrio, sin la exigencia de la recuperación. Hasta que se animó a volver y pasó por Dock Sud, Independiente Rivadavia y Barracas Central, entre otros.

-¿Qué te dijo Diego cuando te lesionaste?

-Que me iba a poner al mejor kinesiólogo, y cumplió. Hablé con él, me dijo que fuera, pero a los 20 días me aburrí y me quedé en Villa Fiorito. Argentinos me ofreció un departamento para que viniera y no quise…

-¿Por qué?

-No lo sé. Hoy me pregunto siempre por qué. Hoy estoy muy arrepentido, porque…

A Carrizo le cuesta seguir. La pregunta lo frena como lo hizo aquella lesión que terminó con la vida que soñaba cuando el mundo era un chocolatín, como describió Luis Alberto Spinetta. El reflejo del sol lo delata: sus ojos están vidriosos. “Tengo hijos -sigue- y podría haber vivido del fútbol, pero siempre digo que Dios me dio otro camino para llevarlo a lo más alto a Diego. Y me llena el alma”.

-¿Llegaste a creer que tuviste “una maldición”?

-Siempre me pregunté por qué a mí. Jugaba dos o tres partidos bien y en el último tenía una lesión. De hecho, mi hermano mayor me dijo: “Tenés que ir a una curandera”. Yo nunca creí en eso. Él llevó unos botines y unas medias mías y la curandera dijo que estaba maldito, pero nunca creí en eso. Lo que quería era jugar y nada más. No me siento un fracasado.

Goyo y Diego, una amistad que nació a los seis años.

La muerte, la droga y el después

Gregorio Carrizo es, para muchos, el Maradona que no pudo ser. Pero, cada vez que se lo mencionan, se preocupa por negarlo. “Me crié con Diego y mi sufrimiento es algo especial. Cuando me dijeron que murió se me escapó una parte de mi alma. Después de que fallecieron mi papá y mi mamá, lo de Diego fue algo muy fuerte, porque para mí era un hermano”.

El fatídico 25 de noviembre de 2020, cuando la pelota quedó viuda para siempre, Goyo estaba en el auto con su nieto. Había ido a buscar un perro pitbull para llevar a su casa. “Me llamaron y me dijeron: ‘Falleció Diego’”. Poco entendió. “¿Qué Diego? ¿Mi hijo?”, preguntó. “No, Diego Maradona”, le devolvió la voz del otro lado del teléfono.

De inmediato, el amigo de Pelu se tiró a un costado y empezó a llorar. El nieto le preguntaba si estaba bien. Y no le contestaba: la única respuesta eran las lágrimas. “Volví a mi casa y estábamos todos abrazados llorando. Estuve encerrado sin mirar la TV tres o cuatro días. Me buscaban para hablar y no quise salir. Fue muy fuerte”, recuerda.

-¿Hacía mucho que no hablabas con él?

-Sí, desde el ’97. La última vez fue en un programa de Mauro Viale al que me invitaron para hacerle un homenaje. Después no pude verlo más, aunque quería hacerlo porque sabía que le iba a hacer bien, pero siempre estaba el entorno ahí y no quería chocar más con ellos. Me crié en una villa y me iba a salir el indio afuera, entonces no quería. Preferí no exigir nada.

-¿Fue lo único que los alejó?

-Entre nosotros todo bien. Cuando me estaba por ir de Argentinos, él me dijo: “De acá no te vas. Empezamos juntos y vamos a terminar juntos”. Después me lesioné, pero seguíamos comiendo juntos y demás… Cuando se fue a Boca empezó a cambiar nuestra relación porque no nos podíamos ver tan seguido, pero cuando nos veíamos siempre era todo igual.

-¿Qué fue lo que le dijiste la última vez que lo viste?

-Previo al Mundial ’94 lo fui a ver a la estancia de Alegre y estuvimos casi cinco horas en una pieza, donde le dije cosas muy íntimas que no se pueden repetir. Una cosa fue sobre la droga. Le dije: “Pelu, yo la estoy pasando mal, viviendo mal. Tengo transas enfrente de mi casa y no llegué a esto. Tenés que salir”. Y él lo único que me dijo es: “Quiero salir y no puedo”.

-Esa frase te debe haber retumbado durante mucho tiempo…

-En realidad fue un espejo para mí, porque vivo en una villa donde pasa de todo. Y Diego fue un espejo para no llegar a eso, que yo lo pude haber hecho. Pude drogarme, pero no lo hice: traté de ser un padre ejemplar y hacer todo lo que tenía al alcance para que mis seis hijos tengan un buen camino. Gracias a Dios están estudiando y estoy orgulloso.

Hoy, Goyo disfruta de sus días acompañando a sus hijos y nietos que juegan al fútbol para alentar aquel anhelo que para él quedó trunco. También trata de aprovechar algunas changas que se le presentan para poder solventar los medicamentos que requiere su esposa, que sufrió tres ACV. “Hoy la edad te lleva a no conseguir trabajo, pero siempre trato de ver fútbol y estar atento”, explica.

Tuvo algún intento como captador que le permitió ilusionarse con una carrera abocada a eso. De hecho, fue quien descubrió al “Pity” Gonzalo Martínez en Mendoza, mucho antes de que triunfara en River. “Lo rechazaban porque era bajito”, dice. Y Francis, quien acertó en que fue el mejor socio que tuvo Maradona, le dijo: “Goyo, vos tenés un futuro como técnico…”.

-¿Y por qué no te dedicaste a la dirección técnica?

-Dirigí la Primera de El Porvenir sin el carnet: fue con una autorización especial que me había hecho Julio Grondona. Después me recibí como técnico, pero hoy las instituciones y los dirigentes lo conocen a Goyo como amigo de Maradona… No conocen la intimidad futbolística o la visión que puede tener de un grupo, ni lo piensan como coordinador de Inferiores.

-¿Te cerró muchas puertas ser “el amigo de Maradona”?

-Sí, pero cuando supe que las puertas se me cerraban por ser el amigo de Maradona me sentía más feliz.

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