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Todo a distancia: lleva dos años en la facultad y nunca pisó un aula

El despertador no sonó a tiempo. Miranda se lava cara a las apuradas y el agua fría le da un shock de vitalidad. El impulso justo y necesario para correr a encender la computadora y no perderse la clase que está por comenzar. No hay tiempo de cambiarse de ropa. No importa, ni sus compañeros ni su profesor van a notar que está en pijamas.

Sola frente a su computadora. Esa es la única forma de ir a la “facu” que conoce Miranda Zarlenga, 19 años, estudiante de la Licenciatura de Administración de la Universidad de Buenos Aires (UBA). “La verdad es que ya me siento cómoda en la virtualidad, pero tampoco conocí otra cosa. No tengo con qué comparar y me da curiosidad la idea de estar en un aula, con un profesor enfrente y rodeada de compañeros. Me imagino que no es lo mismo hacerle una pregunta a un docente en persona que hacerlo en una clase virtual. Y ni hablar de las relaciones con tus pares”, confiesa, aunque admite que lo virtual también tiene sus ventajas: “podés cursar con cualquier ropa, no tomás colectivos ni subte y aprovechas más el tiempo; por ejemplo, me inscribí en una clase a última hora de la noche en la que no me hubiera anotado si fuera presencial, para no viajar tan tarde”.

Miranda Zarlenga, estudiante universitaria. Foto: Rafael Mario Quinteros

El primer cuatrimestre de 2020 fue muy duro. Miranda como todos los ingresantes de ese año se inscribió con la emoción y el temor de pisar por primera vez suelo universitario. La espera se hizo larga, el CBC (Ciclo Básico Común) parecía que no arrancaba nunca y cuando finalmente lo hizo el mecanismo virtual no estaba bien aceitado. “Los profes se las ingeniaban con lo que más conocían del mundo digital: grupos de Facebook, Blogs, Youtube. No era parejo en todas las materias y algunos profesores demoraban el inicio de clases para familiarizarse con la plataforma virtual. Nadie estaba preparado, ni los docentes ni los estudiantes”, cuenta Miranda y recuerda cómo fue su primer “choque” con esta nueva realidad académica. “Comencé a cursar Álgebra a un ritmo muy tranquilo hasta que un día ingreso al campus y me entero que hay un grupo de Facebook donde la gente subía planteos de ejercicios más complejos y los resolvían juntos. Me metí y me agarró un ataque: no entendía ni de qué hablaban. Dejé la materia y la retomé en el segundo cuatrimestre, pero aprendí que nadie me iba a decir que haga los ejercicios o estudie tal tema, como en la secundaria”, reconoce.

En el segundo cuatrimestre, con una mejor plataforma online y docentes más cancheros con la tecnología, las clases virtuales empezaron a mejorar. “Ahora, graban las clases, las suben al campus y podés verlas en cualquier momento. Está buenísimo, porque en una clase de dos horas siempre tenés un momento de distracción o hay algo que no entendiste. Cuando volvamos a la presencialidad espero que encuentren la forma de seguir haciéndolo. Es muy útil y no me gustaría perderlo”, dice.

Durante todo el CBC no hablé absolutamente con nadie, a excepción de un par de compañeros de la secundaria que cursábamos las mismas materias. Las clases virtuales eran multitudinarias. Entrabas a las 7:30 y ya había 80 o más personas conectadas, la mayoría con las cámaras apagadas”, dice y añora no haber tenido otro escenario: “Si las clases hubieran sido presenciales quizás no hubiera conseguido lugar para sentarme, pero seguro hubiera sido más fácil conocer nuevos compañeros. Pienso que te cruzas con alguien en el pasillo o en la fotocopiadora y te pones a hablar de cualquier tema”. Para Miranda fue una suerte contar con la compañía de ex compañeros de colegio, pero también admite que desde lo social fue como seguir un año más en la secundaria.

Este año, en cambio, Miranda dejó el CBC atrás y comenzó la carrera sin la coraza protectora de sus amigos del cole. “No coincidí en ninguna materia y tuve que salir a rebuscármelas para socializar. Por suerte, las clases son menos numerosas y las webcams no se apagan con tanta facilidad. “Miro los perfiles de mis compañeros buscando cosas en común y trato de contactar por lo menos a una persona por materia para intercambiar información, hablar de los temas que no entendemos y comparar los resúmenes que hacemos”, dice y cuenta que ama los trabajos prácticos, porque le facilita crear relaciones extracurriculares con otros estudiantes. “Muchos los odian, pero a mí me encantan: armás un grupo más chico por WhatsApp, discutís los temas, escribís un informe compartido en Google Drive; todo eso permite conocerse más, a pesar de lo virtual”, asegura.

Miranda comparte el dormitorio con su hermana, estudiante del profesorado de Letras del Joaquín V. González. “Es imposible estudiar las dos juntas en la misma habitación, así que mis clases las tomo en el comedor. Por suerte, cada una ya tenía su propia computadora, pero tuvimos que comprar un extensor de Internet para que la señal llegara a toda la casa” afirma y recuerda el momento de pánico que tuvo cuando en medio de un examen se cortó la conexión: “Se me colgó la página en la plataforma del campus. Era un examen múltiple choise y saltó el simbolito de error de la UBA. Me quedé en blanco como la página. No sabía qué hacer y empecé a escribir al centro de estudiantes porque creía que había perdido el examen. Ellos me dijeron que sólo tenía que refrescar la página y se arreglaba. Lo hice y ahí estaban mis respuestas guardadas. No me lo olvido más”, asegura.

Miranda Zarlenga, estudiante universitaria. Foto: Rafael Mario Quinteros

Por las tardes, Miranda trabaja en una empresa de recupero crediticio. Allí comparte experiencias con compañeros que estudian en universidades privadas. “En 2020, ellos cursaron un par de semanas de clases presenciales antes de la cuarentena. Y, ahora, están yendo a clases con cupo de alumnos y rinden los exámenes en forma presencial. Yo sigo todo virtual y siempre es tema de debate entre nosotros, si es mejor volver al aula ahora o el año que viene”, cuenta y sostiene que es partidaria de terminar el 2021 en forma virtual para cerrar un ciclo y el año que viene comenzar otro nuevo.

“Siempre sostuve que, si las clases son virtuales, los exámenes también lo deben ser. Ese fue un logro del centro de estudiantes al principio de este cuatrimestre y se firmó un acuerdo, pero luego hubo profesores que querían romperlo y tomar exámenes presenciales. Al final se estableció que fuera todo virtual en 2021. Es lo más lógico porque con la virtualidad académica hay muchos chicos que volvieron a sus provincias y tendrían que viajar solo para rendir los exámenes. Además, es muy difícil entrar por primera vez al aula sólo para enfrentar a los profesores en el examen, junto a compañeros que no conoces”, asegura.

Cuando termine 2021, Miranda habrá cumplido dos años como estudiante virtual de la UBA. “Me gustaría que en 2022 las clases fueran presenciales. Poder verle la cara a los profes y a mis compañeros, tener un contacto más estrecho. No tengo un pensamiento crítico para decir si la presencialidad es mejor o peor que la virtualidad, pero la carrera que elegí no fue diseñada para ser 100% virtual. De todos modos, me gusta haber tenido esta experiencia, aun me quedan muchos años por delante para vivir la universidad clásica. Fui parte de algo excepcional en los 200 años de historia de la UBA”, asegura.

Por Mónica García

RB

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