Con sahumos ancestrales y caracolas sagradas, celebraron la Pachamama en Martín García

Celebracion de la Pachamama en la Isla Martin Garcia Foto Pablo Aeli

Celebracion de la Pachamama en la Isla Martin Garcia.// Foto Pablo Añeli

Con ofrendas, sahumos y sonidos de caracolas sagradas, integrantes de pueblos originarios y habitantes de la Isla Martín García celebraron este jueves la Pachamama en este lugar considerado una «joya ambiental» en medio del Río de la Plata, con una ceremonia ancestral donde se abrió una boca en la tierra para convidarla con alimentos.

Desde niñas y niños que apenas comenzaban a caminar hasta ancianos, un centenar de personas participó este jueves del cierre de las actividades que ocurrieron durante todo agosto para celebrar la Pachamama y reverenciar a la Tierra como madre creadora.

Si la Isla Martín García ubicada en la confluencia del río Uruguay con el Río de la Plata se ganó su fama por haber sido el lugar de prisión de los presidentes Yrigoyen, Alvear, Perón y Frondizi, un aspecto menos conocido es que entre 1870 y 1890 fue un centro de detención de indígenas.

Es por este pasado menos contado que el Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires, presidido por Florencia Saintout, organizó por segundo año consecutivo la ceremonia a la Pachamama en el marco de una política de reparación histórica.

La celebración ancestral fue encabezada por Tayta Wari Rimachi y Mamay Kantuta Killa, integrantes del Consejo de Amautas indígenas (guías en espiritualidad) del Tawantinsuyu.

Foto Pablo Aeli

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La semana pasada, esta pareja de referentes de la comunidad originaria Ayllu Mayu Wasi, ubicada en la localidad bonaerense de Villa Martelli, fue objeto de comentarios discriminatorios en un programa de televisión, un hecho que generó repudio masivo y derivó en una denuncia ante el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi).

Para llegar a la particular isla de piedra en el medio del Río de la Plata donde viven 115 personas, el equipo de Télam partió de la estación fluvial del partido de Tigre en una lancha.

Después de dos horas de navegación, la lancha llegó a la isla considerada una «joya ambiental porque en 180 hectáreas alberga más de 10 ambientes naturales», según explicó a Télam Nazareno Asin, encargado de la Reserva Natural Isla Martín García.

En la plaza central de la isla fue donde se hizo un pozo en la tierra, la boca simbólica de la Pachamama que esperaba los alimentos.

Foto Pablo Aeli

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Comienza la ceremonia ancestral

Apremiados porque llegaba el mediodía, uno de los mejores horarios para hacer la ceremonia ancestral por la posición solar, Kantuta y Wari empezaron a acomodar en cuencos las ofrendas que integrantes de diversos pueblos originarios y afrodescendientes, junto a autoridades del gobierno bonaerense y pobladores de la isla les entregaban.

Para participar, primero había que lavarse las manos con unas gotas de agua con un perfume de flores que impregnaba el aire y despertaba los sentidos.

Bananas, manzanas, nueces, chocolates, zapallo, maíz, yerba, plantas medicinales, y hojas de coca fueron algunas de las ofrendas, mientras que no se podía ofrecer ajo, picantes ni limón porque es una ceremonia para «endulzar» y dar alegría.

«¿Quién va a ser el guardián del cacao?», preguntó a la multitud Kantuta, quien usaba un vestido rojo ceremonial conocido como unku y cubría su cuerpo una manta negra.

También llevaba innumerables collares, una medalla en honor al Padre Sol y pendían de su vestido pequeños espejos que reflejaban el sol rabioso del mediodía lanzando destellos cósmicos.

Foto Pablo Aeli

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En un silencio solo interrumpido por el canto de los pájaros, Kantuta pidió abrir el corazón para conectar con la madre tierra hablando en quechua y luego tradujo al castellano.

Entonces, la pareja comenzó a soplar las caracolas sagradas (Phututu) y pidió a los presentes que saludaran con las manos levantadas en las cuatro direcciones norte, sur, este y oeste girando en sentido contrario a las agujas del reloj, para después elevar la mirada al universo, y por último, agacharse para poner las manos en la tierra.

«Esta ceremonia permite conocer la Argentina que queda con una cultura tradicional. No hay superiores ni inferiores. Es conocernos más como argentinos», aseguró Wari.

Y luego Kantuta remarcó: «La tierra ya ha descansado y ahora en los campos se van a abrir los surcos para la siembra. Y estos procesos también pasan por nuestros cuerpos. Vamos a agradecer por todo compartido y vamos a pedir por el ciclo que viene«.

Los asistentes formaron una ronda para armonizar energías, y la pareja quemó en un cuenco palo santo y hojas de qowa, una planta que crece a 3.000 metros de altura en Los Andes.

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Para sanar las malas energías, Kantuta sahumó uno por uno a todos los presentes mientras Wari tocaba un quenacho, una quena de mayor longitud que componía una música ancestral para alinear los latidos del corazón con el pulso de la Pachamama.

Luego se entregaron las ofrendas al pozo, en grupos de a cuatro personas, conformados por dos hombres y dos mujeres, siguiendo el principio de la dualidad.

Pidiéndole a los apus (espiritus, en quechua), los grupos fueron rotando para entregar las ofrendas al pozo que tenía la profundidad del largo de un brazo.

Mientras flameaban wiphalas como emblema de los pueblos andino y bajo el canto triunfal de «Haylli, Haylli», Wari pedía a los presentes mantener una sonrisa.

«La verdad que es una experiencia muy emocionante. Nosotros el año pasado participamos por primera vez y pedí esto», dijo a Télam Anisel acariciando sonriente su panza de 7 meses de embarazo junto a su pareja Cristian.

«Te saca energías malas. Se siente re liberador», contó por su parte Eliana Herrera (20), tercera generación de pobladores de la Isla que entregó ofrendas junto a su hermano Santiago de 14, quien aseguró que se llenó de «buenas vibras».

Foto Pablo Aeli

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Al terminarse las ofrendas llegó el momento de formar una ronda final para tomarse de las manos y proceder a tapar el pozo entre todos.

Concluida la ceremonia, uno de los habitantes más añoso de la Isla, Miguel Marsal de 71, no pudo contener las lágrimas: «Me hace acordar a mi pago, yo soy chaqueño. Y allí hacían esos rituales los toba y matacos. Ellos nos curaron un caballo que le mordió una víbora de palabra nomás».

«Y a un hermano mío le agarró pulmonía y también lo curaron ellos. Por eso tengo fe», agregó el hombre que llegó a la isla en 1978 para hacer tareas de refacción y desde entonces no quiso alejarse del río.

La jornada culminó con un show musical de Irupé Tarragó Ros, la reconocida cantautora y pianista hija de Antonio Tarragó Ros y de Perla Aguirre.

Foto Pablo Aeli

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Con una multitud embelesada por su voz, Irupé interpretó desde cuecas hasta la canción «Rezo por vos» de Luis Alberto Spinetta, pasando por un homenaje a su padre con la icónica «María va».

En el cierre de la jornada Kantuta explicó a Télam que «con la celebración de la Pachamama estamos fortaleciendo la identidad y luchando por la descolonización a través de la espiritualidad».

En tanto, Zulema Enriquez, de origen quechua, directora de Diversidad y Prácticas Identitarias del Instituto Cultural, dijo que la isla «tiene un montón de historia que tiene que ver con el genocidio de los pueblos originarios, pero también hay mucha historia que tiene que ver con el presente de los pueblos originarios que hoy existen, que estamos vivos, y que aportamos con nuestra cultura a la diversidad y a la identidad bonaerense también».

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Además, participaron el director de Gestión Integral de Islas del Delta e Isla Martín García, Diego Simonetta; el director provincial de Políticas Culturales, Leonardo Parigi; el Director General de Pueblos Originarios del municipio de Quilmes, Julio Sosa; el vicepresidente del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), Luis Pilquimán, entre otros.

De regreso al continente, la pareja ceremoniante se despidió de los pobladores con la certeza de haber sanado las almas y con la esperanza de regresar pronto, porque una vez que se abre la boca de la Pachamama ya no puede haber vuelta atrás.

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