Una competencia a alta velocidad en la que reina el caos, la improvisación, el peligro y el amor por los autos. Los circuitos donde los corredores no solo deben ser más rápidos que sus rivales, sino también que la policía.
En la ciudad de Osaka, Japón, apareció un pequeño grupo con una subcultura propia, impregnada por los gustos del país oriental y el fervor por la tecnología, pero combinados con la pasión por los fierros y la supervivencia en la ilegalidad.
Este grupo clandestino, conocido como los Kanjozoku, que se traduce como “tribu de la circunvalación”, utilizaban la Hanshin Expressway Loop, una autopista con forma circular que rodea la ciudad, como su circuito nocturno para competir a altas velocidades. El trazado de la vía, con sus curvas cerradas y tramos rectos, generaba que sea el lugar ideal para que los pilotos prueben sus habilidades de conducción y el rendimiento de los vehículos sin tener que ir a una pista o autódromo.
Uno de los autos predilectos de ese entonces para este tipo de competencias ilegales era el Honda Civic, especialmente las generaciones EF (cuarta versión del modelo, fabricado entre 1987 y 1991), EG (la alternativa posterior, cuya producción fue de 1991 a 1997) y EK (sexta versión, comercializada entre 1996 y 1999). Estos modelos, hatchbacks, eran apreciados por su bajo peso, un chasis ágil y la capacidad de sus motores para alcanzar altas revoluciones, ofreciendo un gran rendimiento en las estrechas y sinuosas calles de Osaka.
Las tres generaciones compartieron algunos aspectos que los hicieron un éxito para estos circuitos, como el mencionado peso ligero, tracción delantera, motores con alto rendimiento, y un chasis bien equilibrado gracias a su sistema de suspensión doble horquilla en ambos ejes.
El motor VTEC (Variable Valve Timing and Lift Electronic Control) de Honda se caracterizó por ser un sistema de distribución de válvulas variable, lo que le permitió mejorar la eficiencia. Además, permitía a estos pequeños motores aspirados girar a regímenes elevados sin sacrificar fiabilidad. Las tres generaciones venían con opciones con cajas manuales de cinco velocidades, otorgando mejores opciones para entornos cerrados, en adición a una experiencia de manejo más entretenida.
La característica que lo volvía un vehículo diferencial para este uso era la posibilidad de realizar modificaciones en el modelo sin mayores dificultades. Las más comunes incluían mejoras en el sistema de admisión y escape, suspensiones deportivas, jaulas antivuelco y, en muchos casos, vinilos distintivos y patentes ocultas para evadir la identificación por parte de las autoridades.
La cuarta generación (EF) fue la que revolucionó todo en los circuitos callejeros. Introdujo el motor B16A DOHC VTEC en el modelo SiR, exclusivamente para el mercado japonés. Combinaba 160 caballos de fuerza con un peso que no superaba los 1000 kg.
La quinta generación (EG) refinó la fórmula. Con un chasis más optimizado, se consolidó como el favorito tanto en Japón como en Estados Unidos. Ofrecía versiones como el Civic Si (en Estados Unidos) y el EG6 SiR (en Japón), con motores D16 y B16.
Sus proporciones y características no solo permitían un gran rendimiento, sino que tenían muchas posibilidades para modificaciones y una gran capacidad de intercambio de motores, lo que permitió que algunos modelos usen motores B18 o K20.
Finalmente, la sexta generación (EK), aunque algo más pesado que sus predecesores, compensó con una rigidez estructural superior. Su máximo exponente fue la edición Civic Type R EK9, reservado para Japón, equipado con el motor B16B 1.6 atmosférico, con mejoras en los pistones, el árbol de levas y el cigüeñal, lo que le permitía girar por encima de las 8200 rpm.
El negocio de los autos modificados fue cada vez más prolífico en el país nipón, tanto en aquellos talleres oficiales como clandestinos. Una idea que se exportó al resto del mundo. Con el paso del tiempo se transformó en toda una cultura, con sus propios códigos, música y comportamientos, reflejados en algunas películas.
El ejemplo más claro lo vemos en la saga de Rápido y Furioso (2001), sobre todo en las primera película, donde aparece la recordada escena de tres Honda Civic negros idénticos, en su versión coupé, asaltando un camión. Los modelos aparecen en la cinta con luces verdes de neón debajo del chasis y con modificaciones aerodinámicas, como el agregado de un alerón.
Quizás haya sido gracias a lo popular de su uso en las calles japonesas o su posterior arribo al terreno urbano de Los Ángeles, en los Estados Unidos, lo que le valió un privilegiado lugar en la historia. Sus características, en especial la tracción delantera, generaron un fenómeno que marcó un antes y un después en la industria enfocada en modelos urbanos.
LA NACION
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