Una nueva experiencia inmersiva llega a Buenos Aires con una propuesta ambiciosa que busca recrear un viaje al siglo XIV sin salir de la ciudad. Ya disponible en el Pabellón Frers de La Rural, La última fortaleza – Una aventura épica medieval, invita a un recorrido en realidad virtual que mezcla historia y tecnología para convertir al visitante en protagonista de la experiencia.
Tras el éxito de Art Masters y de El horizonte de Keops, la nueva propuesta de DG Tech Lab se presenta como una expedición en realidad virtual en 360° que transporta al corazón de Carcassonne, la ciudad medieval fortificada más grande de Europa y mejor conservada del mundo.
Brujas, dragones y caballeros forman parte de un universo donde la historia cobra vida, en una época marcada por el poder de los reyes y la presencia constante de la Inquisición.
Adentro de la fortaleza: cómo se vive el recorrido, escena por escena
Antes de ponerse los lentes, nueve cuadros impresos en la pared ubican al visitante en el año 1304 y marcan el inicio del viaje. Afuera queda Buenos Aires; adentro, empieza otra realidad.
Apenas los visores se ajustan, las personas que estaban al lado se convierten en avatares luminosos y unas redes rojas marcan los límites del espacio físico para no chocarse con las paredes del «mundo real», como un recordatorio de que todavía existe un “afuera”. Pero rápidamente deja de importar.
Acompañar a Simon, un joven noble, y a Agnès, una rebelde habitante de la ciudad, se vuelve toda una aventura que solo quienes la atraviesan pueden describir. El recorrido, de 45 minutos, encadena escenas épicas que no dan respiro y que construyen una narrativa envolvente, donde cada decisión del cuerpo parece tener consecuencias.
A medida que avanza la expedición, un narrador acompaña el recorrido y va contando lo que sucede, mientras también se escucha con claridad todo lo que dicen los personajes, como si estuvieran ahí mismo. Aunque, con sinceridad, a veces la concentración se dispersa porque hay demasiado para ver al mismo tiempo, demasiado estímulo.
Los precipicios generan vértigo real y los paisajes invitan a detenerse a contemplarlos, mientras los puentecitos piden ser cruzados. Sin darse cuenta, uno levanta el pie para esquivar lo que aparece en el camino y aparta los arbustos que se interponen; el cuerpo reacciona antes de que la mente lo procese, se agacha, se frena, calcula, y esconderse se vuelve necesario, casi instintivo, aunque una parte de la cabeza recuerde que no hay peligro.
La curiosidad se activa de inmediato y las propias manos -que también se ven como destellos blancos- buscan tocarlo todo, desde pergaminos y alimentos en los mercados hasta reliquias, armas, espadas y arcos de flecha, incluso acercarse a las chimeneas para intentar calentarse. Una parte sabe que no se puede sentir nada, pero todo se percibe tan real que es inevitable querer probarlo.
Entre una escena y otra, breves segundos de pantalla en negro cortan la continuidad. Ese vacío, lejos de ser un descanso, genera una incertidumbre casi desesperante, una euforia que mantiene los sentidos en alerta, como si algo estuviera por suceder en cualquier momento. Y sucede.
Pura potencia
Ahí radica la potencia de La última fortaleza, una experiencia sensorial que logra suspender la incredulidad y borrar los límites entre lo real y lo virtual.
Cuando todo termina y se levantan los visores, el regreso es brusco. La luz cambia de golpe, el espacio vuelve a ser el de siempre, conocido, pero el cuerpo queda exaltado, como después de bajar de una montaña rusa.
No importa la edad. A la salida, desconocidos se miran y se hablan como si compartieran un secreto. Todos quieren contar lo que vieron, lo que sintieron, lo que creyeron tocar. Todos, de alguna manera, se vuelven un poco niños.
Y entienden que no es fácil explicar con palabras lo que pasa ahí adentro. Hay que vivirlo.
POS
