El mundo del espectáculo y la publicidad están experimentando con una tecnología que genera tanto fascinación como controversia: la recreación digital de personas fallecidas. El fenómeno saltó a la palestra nuevamente durante el pasado fin de semana, cuando en el espectáculo «Ecos» de los exintegrantes de Soda Stereo, Zeta Bosio y Charly Alberti, se presentó un avatar del fallecido Gustavo Cerati, fallecido en 2014, creando la ilusión de una reunión virtual del grupo.
No es un caso aislado
Esta práctica no se limita a los conciertos. En 2023, la marca Volkswagen en Brasil utilizó una versión digital de la cantante Elis Regina (fallecida en 1982) para un comercial donde aparecía cantando con su hija, María Rita. En 2024, Paul McCartney empleó inteligencia artificial para extraer y limpiar la voz de John Lennon de un demo casero, incorporándola a la canción inédita «Now and Then». El cine también ha recurrido a esta técnica, como en «Rogue One: Una historia de Star Wars» (2016), donde se recreó digitalmente a la actriz Carrie Fisher en su papel de la Princesa Leia.
La tecnología al servicio del duelo… ¿o de su negación?
Más allá del espectáculo, existen aplicaciones que permiten a las personas crear avatares interactivos de seres queridos fallecidos, con los que se puede mantener conversaciones simuladas. Esto abre un profundo debate sobre los procesos de duelo y la aceptación de la pérdida. Para muchos especialistas, estas herramientas podrían interferir en el necesario proceso de aceptación de la muerte, alargando artificialmente un vínculo que, en el plano físico, se ha interrumpido.
Un límite ético y filosófico
La discusión trasciende lo tecnológico para adentrarse en la ética y la filosofía. ¿Tenemos derecho a utilizar la imagen y la voz de una persona fallecida, sin su consentimiento explícito, para fines comerciales o emocionales? ¿Se respeta su identidad y legado, o se los convierte en un mero producto digital? La pregunta sobre qué habría deseado la persona fallecida queda, por definición, sin respuesta.
Damián Tuset Varela, Investigador en Derecho Internacional Público de la Universidad Abierta de Barcelona, reflexiona: «La tecnología, en su intento de acercarnos a quienes hemos perdido, nos confronta con la ineludible realidad de su ausencia». Esta paradoja subraya el conflicto central: el simulacro puede, irónicamente, hacer más palpable la pérdida.
La finitud como parte de la vida
Filósofos y pensadores han señalado durante siglos que es la conciencia de la finitud lo que da valor y urgencia a la existencia. La negación sistemática de la muerte, facilitada por estas tecnologías, podría llevar a una desvalorización de la vida misma. El ciclo vital, con su inicio y su final, es un concepto fundamental en disciplinas como la tanatología, que estudia el proceso de morir y el duelo.
La resurrección digital se presenta así como una encrucijada moderna. Mientras ofrece una herramienta poderosa para la preservación de legados artísticos y para experimentar nuevas formas de memoria, también plantea riesgos significativos: la comercialización de la identidad post mortem, la alteración de los procesos naturales de duelo y la creación de una ilusión que, según sus críticos, bordea lo patológico. El desafío para la sociedad será establecer marcos éticos y legales que permitan navegar este nuevo territorio sin perder de vista la dignidad de los fallecidos y la salud emocional de los vivos.
