domingo, 26 abril, 2026

Amenazas de tiroteo en escuelas: una problemática que trasciende lo policial

Más de veinte escuelas en siete provincias argentinas fueron sacudidas por amenazas de tiroteo. Aunque la mayoría resultaron falsas alarmas, el impacto en las comunidades educativas es real y profundo.

La creciente ola de amenazas de tiroteo que sacude a más de veinte escuelas en siete provincias argentinas —desde Buenos Aires hasta Chubut, pasando por Córdoba, Tucumán, Mendoza, Salta y Neuquén— ha puesto en evidencia algo que excede largamente la capacidad de respuesta de una patrulla o de un allanamiento. Frases como «mañana tiroteo», «no vengan» o menciones a fechas específicas escritas en baños, paredes o replicadas en historias de Instagram y TikTok han logrado sembrar pánico, activar protocolos de emergencia, evacuar edificios y suspender clases en decenas de establecimientos. Afortunadamente, la mayoría de los casos resultaron ser falsas alarmas. Pero el impacto no es falso: es real, profundo y deja cicatrices en comunidades educativas enteras.

Frente a este escenario, algunos funcionarios han reaccionado con el reflejo automático de endurecer las penas, prometer más cámaras de seguridad o anunciar recorridas policiales. Sin embargo, si los gobiernos creen que estamos ante un problema primordialmente policial, no solo se equivocan, sino que arriesgan a no resolver nunca la raíz del mal. Por supuesto que las amenazas constituyen un delito, la intimidación pública tiene consecuencias penales, y los menores que las protagonizan pueden enfrentar causas judiciales e incluso millonarias multas para sus padres. Nadie propone ingenuidad ni impunidad. Pero reducir el fenómeno a una cuestión de seguridad es mirar el termómetro y no la fiebre.

Porque para entender por qué un adolescente escribe «mañana tiroteo» en la pared de un baño escolar, hay que meterse en la cabeza de ese adolescente de hoy, y lo que se encuentra ahí es mucho más perturbador que un simple acto vandálico. El adolescente actual es el más conectado de la historia, pero también uno de los más solos en términos de presencia adulta significativa. Pasa horas construyendo una identidad digital en TikTok, o Instagram, donde lo que importa no es quién es sino cuántos lo miran. La métrica del éxito es viralizar, no necesariamente construir vínculos profundos. Mientras tanto, las familias están agotadas por la sobrecarga laboral, las escuelas muchas veces no pueden contener emocionalmente por falta de recursos o formación, y el Estado aparece solo cuando ocurre una crisis. Frente a esa indiferencia, el adolescente aprende que el único modo de ser mirado es generando miedo. Las amenazas escritas en los baños no son un grito de guerra; son, en muchos casos, un gemido ahogado que dice: «¿Alguien me ve? ¿Alguien se da cuenta de que existo?».

Y aquí aparece un dato clave que ningún análisis policial puede capturar por sí solo: los autores son casi exclusivamente varones. Esto no es casualidad. A los varones adolescentes se les sigue enseñando —explícita o implícitamente— que no pueden expresar vulnerabilidad, tristeza o miedo, sin contar que el feminismo más radical hace años les dice que son culpables por el simple hecho de ser. Generando que la única emoción permitida sea el enojo, y su única expresión validada la violencia o la amenaza. El baño escolar es uno de los últimos espacios sin adultos, y allí se juegan jerarquías, se prueban fuerzas, se construye el «respeto» a través del temor. Amenazar con un tiroteo es, en ese contexto, una forma extrema de decir «yo mando acá». En ausencia de modelos de masculinidad positiva —padres presentes, referentes afectivos, deportistas que no sean violentos—, muchos varones adolescentes se vuelcan hacia figuras de la cultura de la masacre: tiradores escolares, youtubers que glorifican el caos, foros de subcultura como True Crime Community donde se coleccionan noticias de crímenes como trofeos. No es que «sean malos». Es que están aprendiendo a ser varones en un entorno donde el poder se demuestra con el terror.

A esto se suma el efecto copycat potenciado por la era de la viralización instantánea. Antes, una amenaza de bomba llegaba a una escuela, se investigaba y punto. Ahora, un adolescente escribe «Mañana tiroteo» en un baño de Córdoba. Alguien lo fotografía, lo sube a TikTok, en dos horas tiene cien mil reproducciones. Adolescentes en Jujuy, Salta, Neuquén y Chubut ven el video, sienten la adrenalina de la repercusión, y replican el mensaje en sus propias escuelas. No importa si es falso; importa que parezca real y que todo el mundo hable de eso. Los neurocientíficos explican que la incertidumbre y el peligro activan en el cerebro adolescente circuitos de recompensa similares a los de una adicción. Ver cómo una escuela entera entra en pánico por algo que yo escribí genera una sensación de poder inmensa. Es la dopamina del miedo colectivo.

Pero hay todavía una capa más profunda. Los adolescentes de hoy crecieron entre pandemia, crisis económica, cambio climático y discursos apocalípticos. Muchos han internalizado que no hay futuro o que el futuro es tan incierto que no vale la pena planificarlo. Para un adolescente que no ve horizonte laboral o que percibe la educación como un trámite vacío, suspender las clases puede ser un alivio. Y generar ese caos puede ser una forma de canalizar la frustración y la desesperanza que sienten. La raíz del problema no está en las paredes de los baños escolares, sino en la falta de redes de contención, en la ausencia de espacios de escucha real, en una sociedad que mira para otro lado mientras los jóvenes crecen en un mundo que les exige todo y les ofrece poco.

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