Un experimento realizado por el politólogo Yascha Mounk, profesor de la Universidad Johns Hopkins, ha encendido un debate profundo en el ámbito académico. Mounk solicitó a un sistema de inteligencia artificial que generara temas y luego un texto completo para un artículo de teoría política. El borrador, producto de un intercambio con la herramienta, estuvo listo en menos de 120 minutos y, según su evaluación, requería solo correcciones menores para ser publicado en una revista especializada.
La alarma no es la máquina, sino el modelo
El núcleo de la advertencia de Mounk no radica en la capacidad de la IA para «comprender» conceptos complejos, sino en su habilidad para replicar con facilidad el formato estandarizado de los papers académicos. Este formato, que actúa como credencial para la publicación y la circulación profesional, parece haberse convertido en un protocolo reproducible. La inquietud central es qué revela esto sobre lo que el sistema universitario actual premia y valora en la producción de conocimiento humanístico.
Una oportunidad para volver a lo esencial
Frente a este escenario, la reacción más superficial sería anunciar el ocaso de las humanidades. Sin embargo, una lectura más profunda sugiere lo contrario: la automatización de la parte formal y estandarizada del oficio intelectual podría forzar a recuperar lo que es intrínsecamente humano. La verdadera vocación de disciplinas como la filosofía, la historia o la literatura no sería la mera producción de textos con una arquitectura predecible, sino la formación de personas, ayudándolas a aprender a vivir con mayor hondura y libertad.
La filosofía como ejercicio de vida, no como texto
Esta perspectiva encuentra un sólido respaldo en la tradición filosófica antigua. El historiador Pierre Hadot dedicó su obra a demostrar que, para griegos y romanos, la filosofía era primordialmente una «forma de vida». Escuelas como la estoica, la epicúrea o la cínica funcionaban como comunidades orientadas a la práctica constante de ejercicios espirituales.
Los estoicos, por ejemplo, practicaban la «visión desde lo alto», un ejercicio mental para relativizar las preocupaciones cotidianas, o la «premeditación de los males», para fortalecer la resiliencia ante la adversidad. El emperador Marco Aurelio escribía sus «Meditaciones» como un entrenamiento personal, no para su evaluación. Epicteto enseñaba a distinguir entre lo que depende de uno y lo que no, con el fin de ordenar la existencia. El centro era el epimeleia heautou: el cuidado de sí mismo.
Una desviación hacia lo medible
El interrogante incómodo es cuándo esta práctica, centrada en la transformación personal, se convirtió en una serie de operaciones estandarizadas y evaluables. La respuesta, según analizan algunos académicos, precede por décadas a la inteligencia artificial. Comenzó cuando la formación y la producción de conocimiento se sometieron progresivamente a parámetros de medición cuantificables, donde lo que se podía medir empezó a dictar lo que valía la pena hacer.
Más allá de la automatización: el valor de lo humano
La IA, en este sentido, no crea el vacío, sino que lo hace más evidente. Lo que el experimento revela es una condición preexistente en ciertos ámbitos de las humanidades: la escritura académica había mutado, en muchos casos, hacia una plantilla. Hoy, un sistema puede resumir libros, trazar mapas conceptuales de debates y sugerir estructuras argumentales en segundos.
En este contexto, figuras como Montaigne, quien inventó el ensayo como ejercicio de autoexamen, o Nietzsche, quien criticó la momificación de los conceptos, recuerdan que el pensamiento vale en la medida que modifica a quien piensa. El desafío actual, potenciado por la tecnología, es reconectar las humanidades con esa pregunta existencial original: cómo vivir de acuerdo con lo que se considera valioso. Una pregunta que, por su naturaleza, no admite una respuesta automatizada.
